Contenido del curso

4.10 PARTICIPACIÓN Y PODER


La autoridad reconocida no se debilita al compartir el poder, más bien se fortalece. Su contrario, la autoridad exagerada (autoritarismo), fue expresión en nuestro caso, de una práctica de siglos, lo que explica algunas posturas de aceptación y comprensión ante la violación o irrespeto a ese derecho.


La participación es un derecho, por lo que su violación identifica una conducta de autoritarismo no sólo en el que la impide, sino en el que no la favorece.


En posiciones absolutamente contrarias al abordar la contradicción entre autoridad y libertad, aparecen personas que anárquicamente abogan por una libertad sin límites o anarquía que es resultado de la permisividad.


"Participación es hoy una palabra que parece servir tanto a Ernesto Cardenal (en Nicaragua), como sirvió a Pinochet (en Chile), o a la derecha en general… El desafío de la participación está en saber a qué tipo de poder concretamente sirve y por lo tanto a qué proyecto de desarrollo o de transformación apunta“.


La participación se trata de una expresión cargada de ideología cuyo verdadero significado debe buscarse en la estructura y la intencionalidad de la propuesta que la contiene.


En realidad, la democracia en proceso de aprendizaje tiene que empeñarse al máximo y en todos niveles en evitar tanto el autoritarismo como la permisividad (el permitir todo, el todo se vale) a la que siempre nos expone nuestra inexperiencia democrática. Ni el maestro inseguro que no consigue afirmar su autoridad ni tampoco el arrogante que la exacerba, sino el maestro que, sin negarse como autoridad, tampoco niega la libertad de los educandos


Ninguna reflexión sobre educación y democracia puede igualmente ser ajena a la cuestión del poder, a la cuestión económica, a la cuestión de la igualdad, a la cuestión de la justicia y su aplicación y a la cuestión ética.


No dudaría en afirmar que, habiéndose hecho históricamente el ser…(Mujeres y hombres), será la democrática la forma de lucha o de búsqueda más adecuada para la realización de la vocación humana de ser más. De esta manera, existe una base ontológica, es decir existimos, e histórica para la lucha política en torno no sólo a la democracia sino también a su constante perfeccionamiento. No es posible actuar en favor de la igualdad, del respeto a los demás, del derecho a la voz, de la participación, de la reinvención del mundo, en un régimen que niegue la libertad de trabajar, de comer, de hablar, de criticar, de leer, de discrepar, de ir y venir, la libertad de ser.


La democracia que sea estrictamente política, se niega a sí misma. En ella, el derecho que se ofrece a las masas populares es el del voto. Del voto que, en las circunstancias perversas de la miseria en la que las masas sobreviven, se envilece y se degrada. En sociedades con una democracia así, se asegura a los miserables y a los pobres el derecho de morir de hambre y de dolor. Ése es el caso brasileño (mexicano y de casi todos los países Latinoamericanos: existen millones de Marías, de Josefas, de Pedros y de Antonios muriendo cada día de hambre y de dolor. La democracia puramente formal hace muy poco, o casi nada, por la liberación de los oprimidos, a no ser a través de la utilización de espacios políticos y públicos, cuya existencia, la misma democracia formal no tiene cómo no admitir. Espacios que deben ser aprovechados por los progresistas y revolucionarios en la lucha por la transformación de la sociedad.


Defender nuestros derechos no es prueba de autoritarismo, es prueba de amor a la libertad, a la democracia y a la justicia.


De cualquier manera, es interesante observar cómo nuestras fuertes tradiciones histórico-culturales, de naturaleza autoritaria, casi siempre nos dejan en una posición ambigua, poco clara, frente a las relaciones encontradas entre la libertad y la autoridad. Relaciones dinámicas, y no mecánicas.


A veces utilizamos apenas la autoridad necesaria, limitante, pero nos juzgamos autoritarios. A veces, temiendo continuar siendo autoritarios, acabamos por caer en la permisividad.


Así como la libertad necesita asumir sus límites como algo necesario, la autoridad necesita hacerse respetar. La falta de respeto a ambas hace inviable la democracia en la familia, en la escuela, así como en la sociedad políticamente organizada.


La libertad que asume sus límites necesarios es la que lucha aguerridamente contra la autoridad súper atrofiada. Cuán equivocados están los padres que todo se lo permiten a sus hijos, muchas cosas a las hijas, a veces porque, según dicen, tuvieron una infancia y una adolescencia difícil, y a veces, según afirman, porque quieren hijos e hijas libres, o por el sentimiento de culpa por no estar con ellos, o no poder darles lo que se quisiera. Así, hijos e hijas se mal educan, en lugar de crecer bien; hijas e hijos, sin conciencia de los límites que jamás experimentaron, tienden a perderse en la irresponsabilidad del todo se vale.


En última instancia, la autoridad es una invención de la libertad para que ella, la libertad, pueda continuar existiendo. No fue la autoridad paterna o materna la que creó la libertad de hijos e hijas, sino la necesidad de libertad de ellos y ellas la que generó la autoridad de los padres. Por lo tanto la autoridad no tiene sentido, ni se justifica, si se vacía de su tarea principal: asegurarle a la libertad la posibilidad de ser o de estar siendo. El autoritarismo y la permisividad, como expresiones por un lado de la exageración y por el otro del vacío real de la autoridad impiden la verdadera democracia.


Por tal motivo, en una práctica educativa progresista habrá que estimular, tanto en educandos como en educadores, el gusto irrestricto por la libertad. Que la juventud cante, grite, que se pinte la cara, que salga a las calles, llene las plazas, proteste contra la mentira, la impunidad, la desfachatez. Que la juventud, asumiendo los límites indispensables de su libertad –solamente con su libertad se hace verdadera-, luche contra cualquier abuso de poder. El argumento de que a la juventud le corresponde estudiar solamente es una falacia. La defensa de la libertad, la vigilancia en el sentido de detener cualquier traición a ella, son deberes democráticos a los que no podemos renunciar, jóvenes o no. Aún más, protestar contra los desvíos éticos y de las autoridades moralmente incompetentes es una forma no sólo de estudiar, sino también de producir conocimiento, de profundizar y fortalecer la memoria.


El futuro nace del presente, de las posibilidades en contradicción, del combate trabado por las fuerzas que se oponen dinámicamente. Por eso mismo, como siempre insisto, el futuro no es un dato dado, y sí un dato dándose. El futuro es problemático y no inexorable. Sólo dentro de una “dinámica domesticada” se puede hablar del futuro como algo ya sabido.


Dentro de una perspectiva verdaderamente dinámica, el sueño que nos mueve es una responsabilidad por la que debo luchar para que se realice.


El presente y el futuro son tiempos en construcción, transitando por el pasado.


Enseñar democracia es posible. Para ello es preciso dar testimonio de ella. Aún más: dando testimonio de ella, luchar para que sea vivida, puesta en práctica en el plano de la sociedad como un todo. Lo que quiero decir es que la enseñanza de la democracia no se da tan sólo a través del discurso sobre la democracia, no pocas veces contradicho por comportamientos autoritarios. La enseñanza de la democracia implica también el discurso sobre ella, pero no abstractamente hecho, sino realizada sobre ella al ser enseñada y experimentada. Discurso crítico, bien fundamentado, que analiza concretamente sus momentos, sus incoherencias. Discurso teórico que surge de la comprensión crítica de la práctica, éticamente basado. No entiendo cómo podremos conciliar la radicalidad democrática por la que luchamos con una comprensión gris, sosa, fría, de la práctica educativa, realizándose en salones resguardados del mundo, con educadores y educadoras que sólo depositan contenidos en la cabeza vacía de sumisos educandos. Enseñar democracia es posible, pero no es tarea para quien piensa que el mundo se rehace en la cabeza de las personas bien intencionadas.


Enseñar democracia es posible, pero no es tarea para quien, sólo paciente, espera tanto que pierde el “tren de la historia”, como tampoco es tarea para quien, sólo impaciente, echa a perder su propio sueño.


Enseñar democracia es posible, pero no es tarea para quien percibe la historia y en ella actúa en forma mecánica, para los voluntarios, “dueños” de la Historia.


Comprometerse en experiencias democráticas, fuera de las cuales no existe la enseñanza democrática, es tarea permanente de progresistas que, comprendiendo y viendo la historia como posibilidad, no se cansan de luchar por ella.


El sueño posible es la democracia en la que se dan las faltas de respeto, pero en la que los que faltan, quienes quiera que sean, son severamente castigados de acuerdo con la ley. El acierto o el valor de la democracia no está en la santificación de mujeres y hombres, sino en el rigor ético con que se tratan las desviaciones éticas de la propia democracia de las que somos capaces como seres históricos, inconclusos, inacabados. Ninguna democracia puede esperar que su práctica tenga fuerza santificadora.


“La buena democracia advierte, aclara, enseña, educa, forma, pero también se defiende de las acciones de quien, ofendiendo a la naturaleza humana, la niega y la rebaja”


No me obliga, una vez agotado los argumentos que defiendo para no aceptar la posición del otro, a continuar, en nombre del diálogo necesario de la tolerancia, una conversación molesta y repetitiva, ineficaz y desgastante para ambos. Me obliga a respetar el pensamiento contrario al mío y al sujeto que lo piensa. Ser tolerante no significa negar el conflicto o huir de él. Al contrario, el tolerante será tanto más auténtico cuanto mejor defienda su posición, si está convencido de su justeza.


Por eso el tolerante no es una figura pálida, amorfa, que pide disculpas cada vez que se arriesga a discrepar. El tolerante sabe que la discrepancia que se apoya en el respeto por aquel y por aquella con quienes se discrepa no sólo es un derecho de todos sino también una forma de crecer y desarrollar la producción del saber.


Pero en la medida en que discrepar tiene tanta importancia en las relaciones sociales, discrepar plantea una profunda exigencia ética a quien discrepa y critica: el deber de, al hacerlo, no mentir.


Finalmente, la tolerancia es una virtud y no un defecto. Sin ella no hay democracia. Enseñar tolerancia, así como enseñar democracia, implica el testimonio coherente de padres y madres, de maestras y maestros.


¿Cómo enseñar tolerancia y democracia a nuestros hijos e hijas, a nuestros alumnos y alumnas si les decimos, o les enseñamos, que exigir sus derechos, luchar contra una afirmación falsa, recurrir a la ley, son prueba de autoritarismo, como si la democracia fuese permisiva?


Por el contrario, complejo y plural, el proceso de liberación se envuelve con cuantas dimensiones marquen fundamentalmente al ser humano: la clase, el sexo, la raza, la cultura. Del mismo modo como jamás pude aceptar que la lucha por la liberación pudiera reducirse a la lucha de las mujeres contra los hombres, de los negros contra los blancos.


La lucha es de los seres humanos por ser más. Por la superación de los obstáculos para la real humanización de todos. Por la creación de condiciones estructurales que hagan posible el intento de una sociedad más democrática. Como ya he dicho en la carta anterior, y vale la pena repetir, la lucha no es por una sociedad democrática tan perfecta que elimine de una vez por todo, el machismo, el racismo, la explotación de clase. La lucha es por la creación de una sociedad capaz de defenderse castigando a los infractores con justicia y rigor, por una sociedad civil capaz de hablar, de protestar, y siempre dispuesta a luchar por la realización de la justicia.


Finalmente, la lucha no es por la santificación de hombres y mujeres, sino por el reconocimiento de ellos y de ellas como gente mortal, inacabada, histórica, y por eso mismo capaz de, negando la bondad, hacerse malvada; pero, reconociendo la bondad, hacerse amorosa y justa.


Una de las razones, según yo lo entiendo, del fracaso no del socialismo sino de lo que se llamó “socialismo realista”, fue su falta de gusto por la libertad, su autoritarismo, su “burocratización mental” que reducía la vida a la inmovilidad.


Es la concepción mecanicista de la historia la que, negando la historia como posibilidad, anula la libertad, la elección, la decisión, la opción, y acaba por negar la vida misma.


Notas del Texto de Paulo Freire, en el programa cubano Construyendo Saberes. G. J. A. C.


 

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